Siempre
que alguien se acerca por primera vez a la fotografía de Chema Madoz (Madrid,
1958) se ve asaltado por la misma sensación, que se representa de distintas
maneras, según las personas, puede que alguien sonría, que alguien asienta, que
alguien parpadee para comprender, pero todos vivimos la fotografía de Madoz con
cierta familiaridad, con cierta tranquilidad de espíritu. La explotación del objeto
cotidiano en su obra, con un lenguaje tan diáfano, tan obvio tan rotundamente
publicitario, nos relaja ante ese cajón de sastre que es la fotografía
contemporánea, una vez reconocido el objeto, empieza en el visitante el
circuito de exploración interior para llegar al metamensage y nueva
personalidad dada por el fotógrafo madrileño a la cotidianidad.
Destruir
para construir un discurso nuevo, desposeer de su lenguaje habitual a la pieza
para cargarla de poesía y de un nuevo significado. La obra de Chema Madoz, en la
Galería Moriarty de Madrid, hasta el domingo 19 de febrero en su espacio de
ARCO2012, donde han llamado la atención de los Príncipes de Asturias en la
inauguración de la feria, atrapa por su sencillez de formas y su complejidad poética.
En esta ocasión el Premio Nacional de Fotografía de 2000, presenta
particularidades que nos dan idea de su incansable investigación creativa, sus piezas, en su mayoría grandes formatos, en los que integra ahora objetos no tan
cotidianos, si no más seleccionados, como él explica, primero surge la idea,
quizá un boceto, y luego se buscan los materiales. Y, a parte, para la
consecución del buen resultado de alguno de los proyectos expuestos ha
necesitado un posterior trabajo digital, otra novedad en su obra. Detalles que
hacen al autor pensar que esta obra se aparta un poco de su trabajo de siempre,
pero que a mi, particularmente, me dan una imagen de creador que no conoce
límites a la hora de alcanzar sus ideas.
Chema Madoz
Galería Moriarty. Libertad, 22. Madrid
30ENE.29FEB
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